Érase una vez un Reino de nombre Serendip, cuya memoria se confunde con la imaginación. Los más viejos nos cuentan que existió, que estaba en una isla que muchos, muchísimos años después se llamó Ceilán y que hoy se conoce como Sri Lanka. En el Reino de Serendip se contaban numerosas historias, a cada cual más maravillosa. Pero el azar sólo quiso que llegáramos a conocer una.
Se trata de la historia de los tres príncipes de Serendip, individuos privilegiados no sólo por su noble ascendencia, sino además por poseer un don: el don del descubrimiento fortuito. Cuenta la leyenda que estos tres personajes encontraban, sin pretenderlo, la respuesta a problemas que no se habían planteado. Gracias a su capacidad de observación, a su sagacidad, y, sobre todo, a increibles casualidades, descubrían accidentalmente la solución a dilemas impensados.
Tan peculiar debió parecerle este don a un anónimo testigo, que decidió inmortalizarlo escribiendo el relato que lleva por original título “Los tres príncipes de Serendip”. Mucha gente leyó ese libro a lo largo de los años, incluido un inglés de nombre Horace Walpole, primo del famoso Almirante Nelson. Al bueno de Walpole debió parecerle sublime el don de los tres príncipes, que decidió inventarse una palabra: serendipity.
La palabra serendipity se encuentra hoy en los diccionarios de inglés y se utiliza para describir aquellos descubrimientos científicos que se producen por causalidad. No existe traducción al español de tan peculiar palabra, si bien el neologismo serendipia está pendiente de ser aprobado por la Real Academia de la Lengua.
La historia de la ciencia está plagada de serendipias. El propio Einstein reconoce esta cualidad en algunos de sus hallazgos. Sin embargo, la serendipia más famosa de la historia la protagonizó Arquimedes, quien descubrió, mientras se bañaba, que su cuerpo desplazaba una masa de agua equivalente al volumen sumergido (¡Eureka!).




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