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Érase una vez un Reino de nombre Serendip, cuya memoria se confunde con la imaginación. Los más viejos nos cuentan que existió, que estaba en una isla que muchos, muchísimos años después se llamó Ceilán y que hoy se conoce como Sri Lanka. En el Reino de Serendip se contaban numerosas historias, a cada cual más maravillosa. Pero el azar sólo quiso que llegáramos a conocer una.

Se trata de la historia de los tres príncipes de Serendip, individuos privilegiados no sólo por su noble ascendencia, sino además por poseer un don: el don del descubrimiento fortuito. Cuenta la leyenda que estos tres personajes encontraban, sin pretenderlo, la respuesta a problemas que no se habían planteado. Gracias a su capacidad de observación, a su sagacidad, y, sobre todo, a increibles casualidades, descubrían accidentalmente la solución a dilemas impensados.

Tan peculiar debió parecerle este don a un anónimo testigo, que decidió inmortalizarlo escribiendo el relato que lleva por original título “Los tres príncipes de Serendip”. Mucha gente leyó ese libro a lo largo de los años, incluido un inglés de nombre Horace Walpole, primo del famoso Almirante Nelson. Al bueno de Walpole debió parecerle sublime el don de los tres príncipes, que decidió inventarse una palabra: serendipity.

La palabra serendipity se encuentra hoy en los diccionarios de inglés y se utiliza para describir aquellos descubrimientos científicos que se producen por causalidad. No existe traducción al español de tan peculiar palabra, si bien el neologismo serendipia está pendiente de ser aprobado por la Real Academia de la Lengua.

La historia de la ciencia está plagada de serendipias. El propio Einstein reconoce esta cualidad en algunos de sus hallazgos. Sin embargo, la serendipia más famosa de la historia la protagonizó Arquimedes, quien descubrió, mientras se bañaba, que su cuerpo desplazaba una masa de agua equivalente al volumen sumergido (¡Eureka!).

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Esta es una de esas historias que nos demuestran que aun hay un poco de justicia en el Mundo:

En Noviembre de 2002, un columnista de Detroit Free Press llamado Mike Wendland escribió una historia sobre un hombre llamado Alan Ralsky. Ralsky se habia vuelto multimillonario a traves de auncios en forma de spam en la Red. Cuanto spam? Su compañia llegó a enviar 250 millones de e-mails al dia. La historia hablaba a los lectores sobre su nueva casa de 2500 metros cuadrados y 700.000 Euros. El famoso spammer se pavoneaba al decir que un ala entera de su casa la había pagado un unico e-mail sobre perdida de peso.

Alan Ralsky

Pero ahora es cuando viene lo bueno: Un grupo de usuarios hartos de spam decidieron dar a Ralsky un poco de su propia medicina. Escribieron la direccion de su casa en cientos de paginas web, de modo que Ralsky empezo a recibir toneladas -literalmente- de correo basura. Despues postearon su direccion de correo electronico y su numero de telefono. Así, el mega-spammer se inundó en aquello que le habia hecho millionario. Ironicamente, y por supuesto, acabo muy harto. Mas adelante declaro: “Me han apuntado a todas las campañas publicitarias que existen por ahí. Esta gente está pirada! Me estan acosando!”

:D

Curiosa historia incluida en el libro  Uncle John’s Unstoppable Bathroom Reader. que, desde 1988, fascina en sus distintas ediciones a los lectores de cuarto de baño con tantas otras historias increibles.

[wiki | Alan Ralsky]

[Via | Neatorama]

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