La historia de esta fotografía tomada por Robert Doisneau en 1950 para la revista America’s Life es la siguiente: Doisneau había visto a una joven pareja de estudiantes de arte dramático, Jacques Carteaud y Francoise Bornet, besándose apasionadamente en un café. Doisneau quedó fascinado y pidió a los jóvenes que repitieran el beso frente al ayuntamiento de París. Así Doisneau daba los auténticos nombres de los protagonistas, y admitía que la fotografía que es considerada como uno de los iconos del amor espontáneo había sido posada. Esa relación entre la apasionada pareja sólo duró ocho meses y su protagonista masculino, Jacques Carteaud, así como Doisneau ya fallecieron.
El beso en la Place de l’Hotel de Ville no es la historia de dos jóvenes estudiantes de arte dramático, que un día se daban besos en un café, minutos después posaban para una cámara, y ocho meses después habían roto su relación. Debe ser algo más El beso. Algo más que una fantasía de dos jóvenes enamorados, que agotaron las noches de un París de los años 50, que se amaron al borde de la locura, devorándose en cada beso –en una guerra de lenguas enredadas–, mientras detrás el mundo pasa, con su ritmo lento y fantasmal, y todo parece recortado con un patrón de sangre, porque el mundo es irreal y sólo existe ese beso. Sí, eso debe ser El beso de Doisneau, no una historia de amor circunstancial, sino el segundo congelado que todos hemos soñado besar alguna vez. Poco importan quiénes sean los protagonistas de esa fotografía, porque en El beso todos hemos besado, todos hemos amado, sintiéndonos estremecer ante la contemplación de lo que somos. El beso es París, y es el amor. Es el instante de los labios extasiados, del olvido, de la certeza de que todo lo demás es baladí. Parece imposible que, siendo consciente de ello, esta sensación pueda desaparecer sabiendo que es un puro espejismo. No importa lo que haya detrás, El beso nos acompañará eternamente recordándonos la grandeza del amor.
A modo de curiosidad, hace muy poco, en mi último viaje a París, compré por Montmartre una lámina de esta imagen que siempre me ha impresionado (será por mi amor hacía mi ciudad preferida y que esa imagen representa) y hasta que mis padres la encuentren acomodo en algún lugar me he puesto esta fotografía como fondo de pantalla y me apetecía contaros su historia a través de las palabras de Alejando Gamero quien escribe en La Piedra de Sísifo pues me parecían muy apropiadas.

De Alejandro Gamero en La Piedra de Sísifo
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